Celtiberia. Arde Iberia - Primer capítulo

I

Año 478 a. C.
Mediados de septiembre.
Noroeste de Carpetania.

Mientras el sol se ponía lentamente en medio de la quietud de las montañas carpetanas, Ramaro, en pie sobre lo alto de la empalizada, con la mirada perdida en algún punto del encendido horizonte, no podía dejar de pensar en la propuesta que aquellos hombres llegados de tan lejos acababan de hacerle.

Habían viajado hasta la frontera norte de Carpetania atraídos por la  fama del “invencible guerrero de rostro rasgado” que había logrado vencer a vacceos y lusitanos, para ofrecerle, a cambio de su ayuda, nada menos que la inmortalidad.

La increíble historia que le contaron le había llegado al corazón. Sucedió hacía muchísimo tiempo, tanto que ninguno de los enviados vivía cuando tuvo lugar el escarnio.

Sentados en torno al pequeño fuego que ardía en el hogar de su casa, con los ojos nublados por la ira y la vergüenza, la memoria de aquellos hombres retrocedió hasta aquel nefasto día, avanzado ya el estío, en que un numeroso grupo de bandidos lusitanos, acaudillados por el impío Vismaro, saqueó su gran santuario de Ipolka, destrozando las imágenes de sus dioses y robando la de uno de ellos.

Muchas lunas habían pasado desde entonces, pero el tiempo transcurrido no había conseguido reducir un ápice la pena y la humillación sufridas, ni tampoco los deseos de vengar tamaña afrenta.

Y habían llegado hasta allí, esperanzados, pensando que quizás aquel intrépido carpetano del que todos hablaban podría ayudarles a restituir su honor y devolver el golpe a los profanadores.

Lo planteado era algo tan insólito y enaltecedor, tan imposible que desde entonces Ramaro había perdido la paz. Estaba decidido a intentarlo, pero no sabía por dónde empezar.

Había llegado el momento de hablar con Ablón.

—Si verdaderamente quieres recuperar esa estatua —le había dicho el guasón del buhonero—, lo único que tienes que hacer es ir a Lusitania y preguntar, y cuando sepas dónde está, vas, te la echas al hombro y la traes.
—¿Crees que no es posible hacerlo?
—Absolutamente. Olvídate de los túrdulos y de su dios. Tú diles por dónde se va a Lusitania y que lo busquen ellos.
—Pero…
—Ramaro —le interrumpió su amigo con firmeza—, lee en mis labios: Ol-ví-da-lo. Tú ya eres un héroe, deja sitio para los demás... Y no pienses que los dioses van a estar siempre de tu lado.

Que era una locura ya lo sabía, pero qué otra cosa había sido su vida desde que aquella infortunada mañana, buscando un ciervo herido en los bosques carpetanos, se enfrentó con una osa por defender a alguien que no lo merecía.

Si los dioses le fuesen favorables… Al fin y al cabo se trataba de liberar a uno de los suyos. Claro que a los dioses lusitanos no creía que les gustara la idea. Estaba hecho un lío, pero la idea de rescatar a un dios le colmaba de felicidad. Enfrentamientos con bestias, combates a muerte…, eso ya lo habían hecho otros hombres antes que él, y seguirían haciéndolo.

Pero liberar a un dios…

Tardó unos días, pero finalmente se decidió a intentarlo. Ablón le había dicho que fuera a Lusitania y preguntara. Bien, le haría caso…, a medias. No iría a Lusitania, pero sí preguntaría.

Por el oeste, los pueblos vacceo y vetón, entre los que él, ahora, contaba con buenos amigos, compartían una extensa frontera con los lusitanos y, aunque había pasado ya mucho tiempo desde aquel sacrílego suceso, aún era posible que alguien lo recordara y supiera del paradero de la deidad robada.

Y una vez que averiguara dónde estaba, ya vería… Tiempo habría para pensarlo. Sabía que si uno va muy deprisa, pronto se cansa.

Hacía ya varias lunas que la paz imponía su aburrida rutina en la Sierra. Era el momento de hacer una visita a los amigos.


II 

Año 478 a. C.
En los mismos días.
Centro de Lusitania. Al sur del río Douro.


Parecía como si una maldición hubiera caído sobre aquel perdido y abrupto valle lusitano y cubierto los corazones de sus gentes con un espeso velo de temor y de silencio.

Casi todos allí conocían el porqué de aquella situación, pero nadie se atrevía a hablar de ello. Mejor era permanecer callados y aparentar calma y despreocupación que enfrentarse con la dolorosa realidad.

Pero por mucho que quisieran ocultar sus verdaderos sentimientos, por más que trataran de silenciar sus corazones y evitarse unos a otros, sus rostros, sombríos de angustia y ansiedad, y sus esquivas y medrosas miradas los traicionaban.

Ni siquiera los más pequeños se permitían ya la menor manifestación de alegría, la más mínima sonrisa. ¡Hasta sus juegos habían cesado! Sentían la tristeza a su alrededor, veían a sus madres subir cada día a lo más alto de las murallas y, apartadas unas de otras, otear durante largo rato y con esperanza el horizonte, para, finalmente, descender cabizbajas y llorosas, y abrumadas por el desánimo. Y en la intimidad de sus casas todo era gravedad y recogimiento, y un continuo murmullo de fervientes invocaciones a los dioses.

Pero ellos no sabían por qué, y tampoco nadie contestaba a sus preguntas.

—Nada, hijo, no pasa nada —les contestaban repetidamente, sin ser capaces de esconder su propia preocupación.

La causa de tanta congoja y temor era sólo una: hacía ya más de cuatro lunas que una numerosa hueste de jinetes a las órdenes del admirado Tántalo, jefe guerrero del clan e hijo de Maelo, máximo rector del poblado, partiera hacia el sur de Carpetania para vengar las muertes y afrentas sufridas durante la anterior incursión estival. Y ni uno solo de ellos había regresado todavía.

Era media mañana y el pequeño grupo de jóvenes y adolescentes de entre ocho y trece años, futuros temibles guerreros lusitanos, se hallaba, un día más, reunido en el exterior del imponente castro. Indolentemente sentados, con sus espaldas apoyadas en la sólida muralla de piedra que les protegía de la fresca brisa, observaban el paisaje cual silentes centinelas.

Parecían una familia de lagartos soleándose antes de iniciar la diaria búsqueda de alimento, sólo que ellos no tenían nada que hacer, ni ganas, y aquel era el mejor lugar para eso. Allí se estaba bien, el sol por delante y el muro a sus espaldas constituían dos agradables fuentes de calor para sus jóvenes cuerpos, todavía cubiertos tan sólo por livianas vestiduras.

Ya habían pasado los largos días en los que toda vestimenta les sobraba y la refrescante agua del cercano arroyo era el mejor regalo tras cualquier juego o aventura. Ahora ya no apetecía mojarse, al contrario, cuanto más lejos estuvieran de aquella fría agua, mejor. Había llegado ya el tiempo en que el sol no era una tortura sino una bendición, y los muchachos lo buscaban con ahínco. Era lo único, junto con la actividad física, que les mantenía calientes.

Los frondosos castaños, robles y nogales de los impenetrables bosques lusitanos, que ahora ofrecían a hombres y animales su abundante y nutritivo fruto, empezaban ya a vestirse con los ocres y rojizos colores del otoño, dejando caer sus secas hojas que pronto alfombrarían caminos y veredas.

El frío llegaría muy pronto al poblado, pero a nadie se le ocurriría nunca quejarse de ello, ni los más ancianos lo harían, y los niños menos que nadie, ya que la burla y la vergüenza caerían implacablemente sobre quienes lo insinuaran siquiera. Todos ellos sabían que la primera tarea de un guerrero en ciernes era endurecer su cuerpo, y el frío era el primer enemigo al que habían de vencer. Y el segundo, el hambre, ya que su ajetreada vida estaba llena de frugales comidas.

El traqueteo de un pequeño carro que abandonaba en esos momentos el poblado llamó la atención de la abúlica y muda chiquillería. Al llegar a su altura, Caeno detuvo el cansino paso de los dos robustos bueyes castaños. Lentamente, paseó su socarrona mirada por cada uno de aquellos rostros que le observaban expectantes, y en todos vio desánimo y aburrimiento. Lo habitual últimamente.

—Con todo el campo que tenéis para correr y estáis ahí dormitando como ancianitos. Id en busca de nidos o de madrigueras de conejos —les animó, pero al ver que ninguno se movía suspiró y, tras mover la cabeza de lado a lado en señal de fastidio, dirigió la vista al frente y arreó a los bueyes—. Voy al encinar a por leña —añadió casi al instante, alzando la voz por encima del crujir de la carreta—. ¿Alguien se viene?

Y sonrió ampliamente al escuchar la algarabía que se formó a sus espaldas, mientras los chicos se agarraban y empujaban unos a otros tratando cada uno de ser el primero en subirse al vetusto carromato.


—Calma, calma, que hay sitio para todos. Así pues, para los que se quedaban en el poblado, los calores del estío eran sinónimo de angustia y nerviosismo, y para los pequeños, también de regaños y aburrimiento. 

—A ver si regresan pronto —se decían entre ellos—, porque este año están todos más insoportables de lo normal. 

A decir verdad, él no era ya un guerrero propiamente dicho. Lo era porque los que han sido guerreros lo son hasta que mueren, pero a él una renqueante pierna izquierda, producto de un espadazo recibido en tierras de los oretanos durante la última campaña, le había retirado prematuramente de tales actividades. La extremidad se había salvado, pero ya no le obedecía y estaba condenado a arrastrarla de por vida. Sin embargo, lo que para el bueno de Caeno había sido la mayor de las desgracias, para los jóvenes, especialmente los más pequeños, había sido una bendición, porque desde que sus parientes marcharan en busca de botín, el veterano parecía haberlos adoptado y casi siempre tenía tiempo para ellos. Veía a aquellos críos como a los hijos que no había podido tener y, probablemente, nunca tendría. Una vez que todos se hubieron acomodado en el descubierto entablado del carruaje, no tardó en dar comienzo el interrogatorio:

Los chavales estaban felices. ¡Por fin alguien les hacía caso!, y no un cualquiera, sino todo un guerrero.

Allí, en Lusitania, la tradición mandaba que los padres y los hermanos mayores se ocuparan de sus pequeños y los enseñaran a cazar y a manejar las armas, por eso, cuando al final de la primavera los guerreros iniciaban sus correrías por los territorios vecinos, ellos se quedaban sin su principal entretenimiento y se sentían poco menos que abandonados. La llegada del buen tiempo era para aquellos chicos la peor época, porque sus vidas entraban en un continuo tedio. Para los mayores eran un estorbo y los rehuían como a un enjambre de abejas cabreadas.

Ese era el motivo por el que la vuelta de los guerreros constituía para ellos el día más feliz del año, y no sólo por el reencuentro con sus adiestradores, el botín tomado y la vuelta del poblado a su actividad normal, sino, además, por las nuevas aventuras que siempre acontecían en esas peligrosas incursiones, que ellos escuchaban con la emoción de quien sueña algún día con protagonizarlas. Pero, sobre todo, porque su regreso era también el de la sonrisa y la alegría a los rostros de todos.

Y precisamente por todo esto, porque era sumamente raro que un guerrero se ocupara de ellos, la invitación de Caeno fue celebrada por los chicos como el mejor regalo.

—Cuéntanos cómo te hirieron.
—¿Otra vez? —preguntó sonriente.
—Como cada vez es distinto…
—¿Cómo que cada vez es distinto?
—Sí —se apresuró a contestar el mayor de los chavales, Reburrus, hijo de Talavus, el bravo guerrero que entendía y hablaba otras lenguas y actuaba como lugarteniente de Tántalo—. La primera vez nos dijiste que habían sido cinco oretanos que te rodearon en el transcurso de una gran batalla, y a los que finalmente conseguiste matar; otra, que fueron los carpetanos quienes te atacaron traicioneramente cuando te encontrabas solo, custodiando el botín; recuerdo también…
—¿Me estás llamando mentiroso? —le interrumpió Caeno volviéndose hacia él con mirada furibunda—. Pues ya no lo contaré más.

Tras unos momentos durante los cuales los pequeños guardaron un silencio avergonzado y expectante, el carretero se giró y, sonriendo para sí, retomó su habitual cordialidad:

—¿Queréis saber cómo le hicieron a Talavus esa fea herida en la cara de la que tanto presume?
—Eso ya me lo sé yo —replicó de inmediato su hijo con voz vibrante, brillándole los ojos de emoción.

Caeno quedó durante unos momentos en suspenso. Le pasaba siempre que miraba a aquel muchacho. ¡Era la viva imagen de su padre!

 —Mejor —repuso finalmente el cojo guerrero con solemnidad—, así comprobarás que yo nunca miento.

Tras pasar el resto de la mañana en el bosque, un repentino y disonante ruido de tripas, le recordó a Caeno que era ya hora de regresar al poblado. Con tanto animoso ayudante yendo y viniendo de un lado a otro, sin parar de gritar y de reír, el tiempo se le había pasado sin apenas darse cuenta, de modo que, una vez que los chicos apilaron la leña en el carro y terminaron de cargar los sacos repletos de las bellotas y castañas que habían estado recogiendo, se pusieron en marcha.

Ahora, salvo Caeno, que conducía la yunta desde el pescante, los demás iban caminando al lado del carruaje.

—¡Caeno! —llamó la mayor de las dos “guerreras” del grupo—, ¿van a tardar todavía mucho en volver?

La niña no concretó más su pregunta, pero no hacía falta, todos sabían a quiénes se refería.

El hombre suspiró largamente antes de contestar.

—Ya tenían que haber vuelto.
—¿Y por qué se retrasan?
—A mí también me gustaría saberlo.
—Seguro que vienen tan cargados de botín que no pueden con él y tienen que parar a descansar cada poco. Por eso están tardando tanto esta vez —contestó Reburrus, el cabecilla del grupo.
—Pues entonces —intervino nuevamente la jovencita—, deberíamos ir a ayudarlos.
—Si supiéramos dónde están, o qué camino traen… ¿Verdad? —continuó el hijo de Talavus dirigiendo su inquisitiva y anhelante mirada al guerrero en espera de que éste corroborará sus palabras.

Pero la sagaz niña se adelantó a la respuesta de Caeno.

—Eso ya lo sabe, porque ha ido muchas veces con ellos. Seguro que él podría encontrarlos. ¿A que sí?
—¡Sí que podría, por Teutates! —replicó rápidamente el interpelado—. Y, además, lo voy a hacer —añadió con determinación tras meditarlo unos momentos—. Has tenido una buena idea, pequeñaja —continuó al tiempo que le guiñaba un ojo y la sonreía—.  Hablaré con Maelo y…, si no se opone, me pondré en marcha mañana mismo.

—¡Cómo me gustaría ir contigo! —suspiró Reburrus, interpretando el sentir de todos sus amigos.